Las peleas entre hermanos

Escrito por Parents' Place

Descubrir que no somos los únicos que sentimos la frustración que causa que nuestros hijos se peleen constituye un gran alivio para todos. Saber que no es exclusivo de nuestra familia el día acentuado por los gritos, el llamado de apodos, los golpes, pellizcos y amargas lágrimas.

No eres la única madre que en ciertas ocasiones camina y siente el corazón pesado, los nervios de punta y el sentimiento de impotencia. Habiendo sido nosotros mismos hermanos alguna vez, pensaríamos que sabríamos que esperar.

En lugar de preocuparse porque los niños se conviertan en amigos, es mejor comenzar a pensar en la manera de equiparlos con las actitudes y habilidades que necesitarán para todas sus relaciones afectivas. Hay tanto que ellos deben saber. No deben de estar centrados toda su vida en quién está bien y quién está mal. Deben de ser capaces de dejar atrás este tipo de manera de pensar y aprender cómo escuchar realmente unos a los otros, cómo respetar las diferencias entre ellos, y cómo encontrar las maneras de resolver dichas diferencias. Aún cuando sus personalidades sean tales que nunca les permitan ser amigos, por lo menos pueden tener la capacidad de aprender a serlo. Al ayudarlos a pasar de un encuentro a gritos a una discusión racional, uno se siente excelente – como un padre muy competente.

Un error común que cometemos los padres y que aumenta la rivalidad entre los hermanos es hacer comparaciones. Efectuar comparaciones directas entre nuestros hijos puede ocasionar que algunos niños, a manera de defensa, tomen la decisión de sobresalir en ser malos, si no logran hacerlo siendo buenos.

La competencia puede impulsar a los logros, pero tiene su precio. Hay estudios realizados en escuelas y negocios que muestran que cuando la competencia se torna intensa, las personas tienden a desarrollar síntomas físicos como dolores de cabeza, estómago o espalda. Y síntomas emocionales como ansiedad, sospecha y hostilidad. Nuestros hogares no deben ser un refugio para este tipo de estrés.

Algunas razones comunes por las que los hijos pelean pueden ser:

  • Por propiedades.
  • Por territorios.
  • Porque sus padres se pongan de su lado.
  • Porque están enojados consigo mismos y no tienen con quién desahogarse.
  • Porque están enojados con un amigo y como no pueden golpearlo, golpean al hermano.
  • Porque un maestro les gritó en la escuela.
  • Porque no tienen nada mejor que hacer y están aburridos.

A continuación se enlistan algunos pasos a tener en cuenta al tratar de intervenir una pelea:

  • Comience por reconocer el enojo de los niños entre ellos. Esto ya deberá ser suficiente para ayudar a calmarlos.
  • Escuche respetuosamente el punto de vista de cada uno.
  • Reconozca la dificultad del problema y no lo devalúe.
  • Exprese fe en su habilidad para llegar a una solución que ponga de acuerdo a las dos partes.
  • Salga de la habitación.

Los niños deben tener la libertad de resolver sus propias diferencias, pero también se merecen intervención de un adulto cuando sea necesario. Si hay algún tipo de abuso, verbal o físico, es momento de actuar. Si hay un problema que molesta a toda la casa, tenemos que actuar. Si hay un problema que vuelve una y otra vez y que no ha sido detenido por otras soluciones, hay que intervenir. Pero se interviene no para arreglar la discusión o hacer un juicio, sino para abrir los canales de comunicación que se han bloqueado, de manera que vuelvan a tratar uno con el otro.

En vez de forzarlos a compartir, uno puede fomentarlo:

  • Poniendo a los hijos a cargo de compartir (“Niños, compré una botella de burbujas para todos. ¿Cuál es la mejor manera de compartirla?”).
  • Señalando las ventajas de compartir (“Si le das la mitad de tu crayón rojo y ella te da la mitad del azul, ambos podrán hacer el morado”).
  • Permitiendo el tiempo para el proceso interno (“Anita te dirá cuando esté lista para compartir”).
  • Demostrando aprecio por compartir cuando ocurra espontáneamente (“Gracias por darme una mordida de tu galleta. Estaba deliciosa”).
  • Modelando usted mismo el compartir (“Ahora quiero darte una mordida de mi galleta”).

Si nota que el hijo mayor deliberadamente se aprovecha del más joven, mientras ambas partes estén satisfechas, una buena idea es abstenerse de interferir. Recuerde que muy pronto, el hijo menor alcanzará al otro en tamaño, inteligencia o confianza, y se enseñará a si mismo a hablar y obtener lo que desea; después de todo, tiene excelentes maestros.

Por otro lado, cuando uno de los hijos “chismosea” del otro para meterlo en problemas,  es conveniente no recompensar al instigador con su ira hacia su hermano. Es necesario desanimar esta actitud asumiendo la posición de que esperamos que cada hijo sea responsable solamente por su propia conducta (“no me siento cómoda escuchando lo que tu hermano está o no está haciendo; pero si quieres decirme acerca de ti mismo, estaré feliz de escucharte”). Después de un rato, los niños se darán cuenta que acusar no tiene caso.

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